La cueca y el exilio

Mi madre me explicó qué era la cueca mucho antes de que yo pudiera comprenderla.

Me habló de sus pasos, del pañuelo levantado en el aire y del hombre y la mujer que se buscan sin encontrarse del todo. Me dijo que era un baile de acercamientos y huidas, de vueltas, provocación y espera. Mientras hablaba, movía las manos como si todavía escuchara una música que para mí apenas existía.

Pero antes de enseñarme a bailarla, tenía que inventar esa música.

La guitarra y el arpa se habían quedado en Chile. Como tantas otras cosas, no habían podido cruzar con nosotros. No sé en qué casa quedaron ni quién volvió a tocar sus cuerdas después de que mi madre partiera. Solo sé que ella continuaba llevándolas consigo.

Acomodaba los brazos como si sostuviera la guitarra contra el pecho. Una mano recorría un mástil invisible mientras la otra pulsaba cuerdas que ya no estaban allí. Después levantaba los brazos, separaba los dedos y comenzaba a tocar un arpa imaginaria. Sus manos descendían por el aire con la precisión de quien recuerda no solo un instrumento, sino también su forma, su peso y la vibración que dejaba en el cuerpo.

Mi madre tuvo que inventarse una guitarra y también un arpa.

No necesitaba verlas para saber dónde comenzaban ni dónde terminaban. Sus dedos conservaban la distancia entre las cuerdas; sus brazos, el peso de los instrumentos.

Yo la observaba sin comprender que eso también era el exilio: continuar ejecutando los movimientos de una vida de la que habían desaparecido los objetos.

Chile era entonces la voz de mi madre pronunciando nombres lejanos. Era una fotografía guardada entre papeles, una comida preparada los domingos, una palabra que fuera de casa nadie entendía. Era una canción tocada con instrumentos que solo ella podía ver.

También era aquello de lo que no se hablaba: una despedida, una puerta cerrada, el nombre de alguien que faltaba.

Después venían los pasos.

—Uno, dos, tres. Vuelta.

Decía que en la cueca los cuerpos se rodean. Uno avanza y el otro retrocede. Se acercan, se alejan y vuelven a encontrarse después de cada giro.

Yo pensaba que se parecía a nuestra manera de recordar.

Bailaba la cueca como quien aprende una lengua después del exilio. Como si repetir aquellos pasos me permitiera entrar en una historia que había comenzado antes de mí. Mi madre contaba los tiempos, corregía la posición de mis brazos y me enseñaba a sostener el pañuelo.

No solo me enseñaba a bailar: me entregaba una memoria.

A veces bailaba con mi hermano menor, que todavía era pequeño. Miraba sus pies, se equivocaba de lado y se reía cuando perdía el ritmo. Yo le mostraba cuándo acercarse, cuándo alejarse y cuándo levantar el pañuelo.

Con él bailaba de otra manera. No era el recuerdo de mi padre, sino la herencia de su falta.

Girábamos juntos, pero el giro no cerraba.

El pañuelo en mi mano no era solamente un adorno. Era una forma de sostener la memoria sin dejarla caer.

Un día, mi madre me anunció que habría una peña: una reunión de chilenos, con comida, música y canciones compartidas para sentir, durante unas horas, que el país seguía cerca.

—Tú vas a bailar la cueca —me dijo.

Después agregó:

—Pero vas a bailarla sola.

No me explicó por qué.

Durante días ensayé frente al espejo. Avanzaba, retrocedía, levantaba el pañuelo y giraba alrededor de un espacio vacío. Trataba de recordar sus indicaciones: no mirar los pies, mantener la cabeza erguida, seguir el ritmo, aunque no hubiera otro cuerpo marcándolo.

En el espejo, la cueca parecía extraña. Yo ejecutaba los pasos de una danza de pareja, pero frente a mí no había nadie. Debía acercarme sin tener a quién acercarme, retroceder sin que nadie avanzara y sostener una mirada que no encontraba otro rostro.

Mi madre observaba mis ensayos. A veces corregía la posición de mis brazos o marcaba el ritmo golpeando suavemente el suelo con el pie. Otras veces permanecía en silencio.

Un día detuve el baile.

—Mamá, ¿por qué tengo que bailar sola?

No me contestó.

Esperé y volví a preguntarle:

—Compañera, ¿me puede explicar por qué debo bailar sola?

Entonces respondió:

—Bailarás sola para simbolizar que tu padre no está.

La frase quedó suspendida en la habitación.

Hasta ese momento había pensado que estaba aprendiendo una coreografía. De pronto comprendí que el espacio frente a mí debía permanecer vacío porque ese vacío tenía un nombre.

Mi padre.

Volví a mirarme en el espejo. Allí estaba yo, con el pañuelo en la mano, preparada para bailar con alguien que no estaba.

Seguí ensayando, pero desde aquel momento cada movimiento tuvo otro peso. Cuando avanzaba, me acercaba a él. Cuando retrocedía, repetía la distancia que la historia había impuesto entre nosotros. Cuando levantaba el pañuelo, enviaba una señal hacia alguien que no podía responder.

A veces intentaba imaginar su rostro: una mirada, una manera de sonreír. Otras veces bastaba el vacío ocupando el lugar exacto donde debería haber estado.

La ausencia también sabía bailar.

El día de la peña bailé sola.

A mi alrededor estaban las voces de los exiliados, las conversaciones, la comida y las canciones con las que intentaban reconstruir Chile lejos de Chile. Alguien marcó el ritmo. Mi madre me observaba, pero yo solo veía el espacio abierto frente a mí.

Bailé alrededor de ese vacío como si tuviera cuerpo.

Lo seguí.

Lo desafié.

Me acerqué y me alejé de él.

Yo no bailaba sin pareja.

Bailaba con la ausencia de mi padre.

Mientras giraba ante todos, mi cuerpo decía lo que nuestra familia no había podido decir de otra manera: Él no está.

Mi pañuelo hacía visible lo invisible; mis pasos dibujaban el contorno de quien faltaba. En medio de la peña, mi cuerpo pequeño cargaba una historia demasiado grande.

Mi madre había tenido que inventarse una guitarra y un arpa porque ambas se habían quedado en Chile. Yo tuve que inventarme una pareja porque mi padre tampoco estaba.

Ella tocaba instrumentos ausentes mientras yo bailaba con un hombre ausente.

Las dos reconstruíamos en el aire aquello que la historia nos había quitado.

Porque el exilio no estaba solamente afuera. Había entrado en nuestra casa, se había sentado a la mesa y había aprendido nuestra manera de callar.

Estaba en el tono de voz de mi madre, que cambiaba cuando hablaba con otros chilenos. En las palabras que yo conocía, pero no utilizaba fuera de casa. En la nostalgia por lugares que nunca había visto.

Estaba en sus brazos cerrándose alrededor de una guitarra inexistente y en sus dedos recorriendo las cuerdas de un arpa que había quedado al otro lado del mundo.

Estaba en mí, bailando sola frente al espejo, y en la palabra «compañera», pronunciada ante el silencio de mi madre.

Con los años entendí que ella no inventaba aquellos instrumentos porque hubiera olvidado cómo eran. Los inventaba precisamente porque los recordaba.

Algunas cosas permanecen en la postura de los brazos, en la distancia entre los dedos, en la manera de inclinar el cuerpo para recibir un peso que ya no está.

También comprendí por qué me había pedido bailar sola. Allí donde las palabras se detenían, comenzaba la danza.

Mi cueca no podía hacer regresar a mi padre, pero podía impedir que su ausencia fuera invisible.

Mi madre me había dicho que la cueca era un baile de encuentro. Con el tiempo comprendí que también podía ser un baile de ausencia: una manera de acercarse a quien ya no estaba, una lengua transmitida por los cuerpos cuando las palabras se habían vuelto insuficientes.

La cueca era la guitarra que los brazos de mi madre todavía recordaban.

Era el arpa que sus dedos reconstruían en el aire.

Era una niña bailando sola para hacer visible la ausencia de su padre.

Era el cuerpo aprendiendo a vivir en un lugar donde nunca está del todo.

* Leandra Guzmán Brunet Es licenciada en literatura y tiene dos magistrados y doctorado en letras y escribe: novelas, cuentos y ensayos. Reside en Noruega.

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