Un Amor Despreciado

La siguiente carta la recibió una tía mía de Tepic a los pocos días de haberse casado allá por finales de los años 50s. Y como la semana pasada vino a esta ciudad de México me la dio con la intención de que le haga arreglos para ver si después se puede adaptar para hacer una película. Y aunque yo no le encuentro argumento, la reproduzco aquí a ver si a algún lector le interesa con ese objeto:

Leonorcita: Después de dos largos meses de alejamiento sin saber de ti y exactamente el mero día de mi cumpleaños, me llega la cruel noticia de tu casamiento. (Unos dicen que estuvo mejor que te casaras con otro, pero no lo creo.)

¡Leonor! Tú de otro y yo con vida. That’s not fair! ¡Ya ni la amuelas! ¡Oh chichornia! Como se dice en ruso, o sea, ¡mujer de ojos negros! Lluvia y relámpagos surgieron dentro de mí cuando supe que te habías casado.

Estaba yo almorzándome unos huevos con chorizo cuando uno de mis amigos me llegó con la noticia: “¿Quién crees que se casó?”, me dijo y agregó en seguida: “María Félix”. A lo que yo repliqué‚ indignadísimo: “¿Y a mí qué diablos me importa que María Félix se case o no se case?” Pero él, con una sonrisa bastante siniestra, le respondió: “No’mbre, la artista no. La María Félix, aquella a la que el otro día le llevamos serenata y su papá nos echó un balde de agua”. Entonces caí en la cuenta de que a ti también te dicen María Félix y el corazón me saltó del pecho como si anduviese en la montaña rusa; porque fue en ese momento cuando comprendí que no se podía tratar de otra más que de tu persona: de mi Leonorcita. De la sorpresota, hasta se me atoró el bolillo. Y estaba yo a punto de declarar enemigo a mi amigo por la mala noticia que me estaba dando, pero de no haber sido por mi cuate, que me dio golpes en la espalda cuando se dio cuenta de que me estaba ahogando, y que después me volteó bocabajo, te juro, Leonor, que algo grave me pasa. ¿Te habría parecido bien a ti si yo te hago lo mismo? Pues no. ¿Verdad?

¡Ah! Y yo que siempre te anduve siguiendo en todas tus locuras. Yo que hasta estuve a punto de buscarte en el D.F. aquella vez que te marchaste porque querías ser artista y pretendías que te contrataran como actriz en alguna película mexicana, ¿te acuerdas?

Yo que busqué mil maneras para ablandar tu corazón y hasta valiéndome del recurso de la lástima (me disfracé de atropellado por un trailer) ¡pretendí¡ que me quisieras aunque fuese así de poquitito; pero nada, me encontraba con la imaginación engañada. Preferiste a aquel fulano que tiene un carrote, el apellido inglés y muchos dólares en el banco. ¡Malinchista! No pude convencerte. Más fácil hubiese sido convencer a una piedra que a ti. Tú terca con que yo no era tu tipo.

He pensado en irme de Tepic y dejar este cuarto que subarriendo, porque ya no aguanto las burlas de mis amigos, ni las miradas llenas de risa que me lanza la gente. ¡Qué vida!

Hasta he llegado a concebir la idea de subirme a la azotea de tu casa para lanzarme desde ahí al vacío, a ver si te remuerde la conciencia; pero me doy cuenta que nada gano. Entonces, ¿para qué, si no me quieres? Empiezo a sospecharlo.

¡Ah, Leonor! ¡Qué desilusión! Yo que pensé que también me amabas y nomás te estabas haciendo del rogar. Seguramente sólo querías aumentar la larga lista de tus conquistas. ¡Qué desengaño! No sabes cómo he llorado, gritado y vuelto a llorar. Me cuesta trabajo creer que esta noticia sea verdadera. ¡Cómo eres bárbara!

Antes me preguntaba: ¿qué puede haber en Leonor capaz de atraerme tanto? Y ahora que casi encuentro una explicación, qué importa ya.

¿Por qué me dejaste? Porque no trabajo, ¿verdad?, ¿Lo he adivinado? Fue por eso, ¿verdad? Pero cometiste un error, porque bien sabe Dios cómo en mi espíritu poco a poco se iba gestando la idea –única en mí– de llenarme de sangre fría y ponerme a trabajar, ¡de lo que fuera! S¡, Leonor, de trabajar incansablemente para labrarme un porvenir y hacerme digno de ti. Y cuando ya casi estoy por hacerlo, cuando ya las luces del puerto se vislumbraban a lo lejos, aparecen los azares de tu boda. ¡Ya valió!

Si todavía ayer en la noche, nada menos que ayer en la noche, cuando me encontraba brindando muy contento con mis amigos, a éstos les decía que lo más seguro es que me amabas, pero que por una extraña razón ocultabas tus sentimientos. Y hoy que me dicen que ya no vas a regresar, porque es imposible, prefiero morir a seguir soportando continuamente el martirio de las burlas de mis cuates, de pensar que por un pelito estuviste a punto de ser mía, y que no lo fuiste. Alguna ventaja habían de tener los que cuentan con una chamba.

Te deseo de todo corazón la más intensa de las felicidades, tan intensa como la amargura que ahora siento.

Ya por último, quiero enterarte que me he de estar volviendo loco, porque, a pesar de tu ingratitud, de la plancha y de todo tu desprecio; a pesar de que ya eres la esposa del menso ese con el que se te ocurrió casarte, yo te seguiré queriendo como antes, con la misma ternura y adoración, dándole vuelta a esta página de tu vida. Y supón que alguna vez andas triste, o que el dolor, la soledad o los trancazos que te dé tu marido tocan a tus puertas sin que nadie acuda a consolarte, llámame; vas a ver cómo ese infeliz me la paga y lo hago escupir todos los dientes. Estoy seguro que entonces comprenderás toda la verdad de mis palabras, y verás que nunca te dejaré en los momentos de prueba, como tú voluntariamente me has dejado: solo y desesperado. Jeremías.

* Rosa Carmen Ángeles es profesora de la UNAM de México.