Una nueva pareja: encuentro de dos historias familiares
Casarse o unirse en pareja no significa solo compartir una casa, una cama o un proyecto de vida. Resulta también, encontrarse con la historia familiar del otro. Historia que viene cargada de costumbres, valores, creencias, formas de expresar el afecto, maneras de resolver los conflictos y hasta de ideas sobre lo que significa ser un buen esposo, una buena esposa, un buen padre o una buena madre, etc.
Muchas veces las parejas comienzan su vida juntas pensando que el amor será suficiente para ponerse de acuerdo. Pero después aparecen pequeñas o grandes diferencias que pueden convertirse en discusiones: ¿Quién debe tomar las decisiones? ¿Cómo se educará a los hijos? ¿Cuánto tiempo se dedicará a cada familia? ¿Quién ayuda económicamente a los padres? ¿Es necesario reunirse o visitar a las familias todos los domingos? ¿Qué significa respetar a los suegros? ¿Cómo se celebran las fiestas?
Y entonces surge una pregunta que pocas parejas se hacen antes de casarse: ¿qué hacemos con todo aquello que cada uno aprendió en su familia de origen? Y no es que se hagan la pregunta siempre de manera consciente, pero si es realmente algo que nos trae dudas cuando el otro miembro de la pareja afirma determinadas reglas u opiniones.
De esta manera hay que darse cuenta que la pareja no comienza desde cero; comienza con dos historias que necesitan encontrarse a partir de lo cual construir algo nuevo. Es evidente que nuestras formas de relacionarnos no aparecen de la nada. Las aprendemos, en buena medida, dentro de la familia en la que crecimos.
En nuestros hogares aprendimos, de manera consciente o inconsciente, cómo se demuestra el cariño, cómo se expresa el enojo, cómo se toman las decisiones y cómo se enfrentan las dificultades. También qué se considera correcto o incorrecto, qué responsabilidades tiene cada miembro de la familia y qué lugar ocupan los abuelos, los hermanos, los tíos y otros familiares.
Por eso, cuando dos personas se unen, no se encuentran únicamente dos personalidades. Se encuentran dos historias.
Por ejemplo, una persona puede haber crecido en una familia donde todos se visitaban constantemente y los problemas se hablaban abiertamente. La otra puede proceder de un hogar donde cada uno tenía mucha independencia y los asuntos se mantenían en privado.
Para una, llamar diariamente a los padres puede ser una expresión de amor. Para la otra, puede parecer una intromisión. Una puede considerar normal ayudar económicamente a sus padres; la otra puede pensar que, después del matrimonio, las principales responsabilidades económicas están dentro del nuevo hogar.
Y debemos aclarar que no es que sea una versión mejor que la otra, no podemos decir que una es correcta y la otra no, solo queremos afirmar que son diferentes, pero la dificultad aparece en la pareja cuando uno de los miembros pretende convertirlas costumbres de su familia en la norma que debe seguir la nueva pareja.
Uno de los errores más frecuentes consiste en pensar que después de casarse una persona debe abandonar las costumbres de su familia para adoptar las de la familia de su pareja.
No se trata de eso. Tampoco significa poner a las dos familias a competir para decidir cuál tiene mejores valores o mejores maneras de hacer las cosas.
La pareja necesita construir algo nuevo: una identidad propia como familia, dicho de otra manera, la nueva familia debe ir construyendo sus valores, normas, formas de actuar, y todo lo que le concierne estando de acuerdo y convencidos que lo que han adoptado o construido es lo mejor para ellos
Esto significa conservar aquello que ambos consideran valioso, modificar lo que ya no funciona y crear nuevas costumbres que pertenezcan exclusivamente a ellos. Además, recordemos que están viviendo en una época diferente.
Quizás ella aprendió de su madre que las celebraciones familiares son muy importantes y él creció en una familia donde se celebraban de manera sencilla. Pueden decidir juntos qué celebraciones quieren mantener y cuáles desean transformar.
Quizás uno considera fundamental visitar a los padres cada semana y el otro necesita más espacio. En lugar de decidir quién tiene razón, pueden buscar una frecuencia que ambos puedan aceptar.
El objetivo no es que uno u otro gane siempre o ceda siempre. El objetivo es que los dos puedan sentirse representados en la familia que están construyendo.
Las familias de origen merecen respeto, gratitud y consideración. Pero formar una pareja implica también establecer nuevos límites.
Los padres pueden tener opiniones, consejos y expectativas. Sin embargo, las decisiones relacionadas con la nueva familia corresponden fundamentalmente a la pareja.
Esto no significa alejarse de los padres ni dejar de escucharlos. Significa comprender que escuchar un consejo no obliga a seguirlo.
Una pareja puede decir: “Entendemos que nuestros padres piensen de esa manera, pero nosotros hemos decidido hacerlo diferente”.
Y esto puede hacerse sin descalificar a nadie, lo cual es muy importante.
El problema aparece cuando uno de los miembros de la pareja utiliza constantemente a su familia como autoridad: “Mi mamá dice que…”, “En mi casa siempre se hizo así”, “Mi padre sabe más de esto”. Cada vez que una persona utiliza a su familia de origen para ganar una discusión, la pareja deja de ser un espacio de encuentro.
¿Qué hacer?
No es necesario que una pareja tenga las mismas costumbres para funcionar bien. Lo importante es que pueda hablar de sus diferencias sin convertirlas en ataques personales.
Algunas estrategias pueden ayudar, solo son sugerencias que podemos adaptar a nuestra forma de vida y de pareja:
- Hablen sobre sus familias respectivas antes de que aparezca el conflicto. Pueden preguntarse: ¿Qué costumbres de mi familia quiero conservar? ¿Cuáles no quiero repetir? ¿Qué aprendí sobre el amor? ¿Cómo se resolvían los problemas en mi casa? ¿Qué espero de ti como pareja?
Estas conversaciones pueden revelar diferencias importantes antes de que se conviertan en conflictos.
- Distingan entre valores y costumbres.No todo lo que hacemos en nuestra familia constituye un valor. Algunas cosas son simplemente hábitos. Pregúntense: “¿Esto realmente es importante para nosotros o solo estamos acostumbrados a hacerlo así?”
- Eviten la comparación entre las familias. Frases como “mi familia sí sabe recibir a la gente” o “tu familia nunca ayuda” hieren mucho. Es mejor hablar de necesidades concretas: “Me gustaría que encontráramos una manera de repartir mejor nuestro tiempo entre las dos familias”.
- Tomen las decisiones importantes como pareja. Dinero, vivienda, vacaciones, crianza de los hijos, celebraciones y apoyo a familiares son temas que deben conversarse entre los dos antes de comunicarlos al resto de la familia.
- Aprendan a decir “no” sin sentir culpa. Poner límites no significa dejar de querer. Una relación sana con las familias de origen necesita cercanía, pero también autonomía.
- No obliguen a la pareja a elegir entre su familia y ustedes. Decir por ejemplo: “si me quieres, tienes que dejar de visitar a tu madre” coloca a la pareja en una situación innecesariamente dolorosa. Es posible amar a la familia de origen y, al mismo tiempo, priorizar la relación de pareja. No se puede perder la perspectiva familiar. Esa madre hizo todo lo que estuvo a su alcance para criar a ese hijo o esa hija con sus mejores intenciones. Seamos empáticos.
- Traten de crear rituales propios. Una cena semanal, una forma particular de celebrar los cumpleaños, unas vacaciones familiares o simplemente una costumbre que sea exclusiva de la pareja pueden ayudar a fortalecer la sensación de “nosotros”.
En realidad, consideramos que uno de los mayores aprendizajes del matrimonio consiste en comprender que formar una nueva familia no significa abandonar la familia de origen.Se trata de ampliar la historia y enriquecerla.
La pareja puede tomar lo mejor de ambas familias, cuestionar aquello que no desea repetir y construir nuevas maneras de relacionarse. Habrá diferencias, por supuesto. Y algunas serán difíciles de resolver. Pero no todas las diferencias tienen que convertirse en conflictos.
El amor maduro no consiste en encontrar a alguien que haya aprendido exactamente lo mismo que nosotros. Consiste, muchas veces, en encontrar a alguien con quien podamos conversar sobre nuestras diferencias, negociar y construir un camino común.
Porque al final, casarse es mucho más que unir dos personas.
Es aprender a decir “nuestra familia”, sin dejar de respetar de dónde viene cada uno.
Por supuesto que también debemos tener en cuenta la perspectiva de las familias de orígenes, pero eso lo trataremos en el próximo artículo.
