¿Cómo cultivar el autocuidado y bienestar en la educación superior?

El bienestar de acuerdo con la RAE se define como un conjunto de cosas que son necesarias para vivir bien. Es el estado de la persona en el que se le hace sensible el buen funcionamiento de su actividad somática y psíquica. No consiste únicamente en la ausencia de enfermedad. También implica reconocer nuestras capacidades, cultivar nuestras fortalezas y encontrar en el entorno las condiciones necesarias para desarrollarnos plenamente. Esta mirada, impulsada por la psicología positiva de Martin Seligman y desarrollada junto a Christopher Peterson en Character Strengths and Virtues (2004), invita a cambiar el foco: no basta con identificar aquello que nos afecta; también es necesario comprender qué nos permite crecer.

Desde esta perspectiva, la perseverancia, la vitalidad, la autorregulación y la esperanza pueden relacionarse con la construcción de hábitos saludables. Sin embargo, estas fortalezas no se desarrollan de manera aislada. Necesitan espacios, oportunidades y comunidades que favorezcan su expresión. En la educación superior, donde las exigencias académicas conviven con importantes transformaciones personales, esta reflexión adquiere especial relevancia.

Precisamente, el II Congreso Internacional «Promoviendo Bienestar Estudiantil en Educación Superior 2026», realizado los días 22 y 23 de octubre en la Pontificia Universidad Católica de Chile, abrió un espacio para reflexionar sobre cómo las instituciones pueden responder a las necesidades de salud y bienestar de sus comunidades. El encuentro reunió experiencias y propuestas orientadas a construir entornos universitarios más saludables.

Entre las experiencias abordadas estuvo la trayectoria de las iniciativas de promoción de hábitos saludables en la UC, presentada por Ana María Soledad Vargas, profesora del ramo de Gimnasia Aeróbica. Su exposición permitió observar cómo la promoción del bienestar ha ido más allá de practicar deporte, sino que se ha convertido en un constante cambio de estrategias y metodologías que se han implementado en la universidad hasta el día de hoy.

De la cultura del tabaco a los hábitos saludables

De acuerdo con los antecedentes expuestos por Vargas, la transformación de la cultura universitaria en materia de salud ha sido un proceso gradual. Durante la década de 1990, el consumo de tabaco formaba parte de las prácticas habituales de la vida universitaria. Con el tiempo, comenzaron a impulsarse estrategias destinadas a posicionar los hábitos saludables dentro de la comunidad.

En ese proceso, los cambios institucionales y la creación de espacios para la actividad física contribuyeron a instalar una nueva mirada sobre el bienestar universitario. La infraestructura deportiva, las iniciativas de promoción de la salud y las actividades dirigidas a la comunidad fueron adquiriendo un papel relevante en la construcción de un entorno más favorable para los alumnos.

Un hito importante fue el desarrollo de Campus Libre de Humo. Aunque sus antecedentes se remontan a 2013, cuando comenzaron las estrategias de sensibilización y promoción de ambientes libres de humo, el 1 de enero de 2019 todos los campus de la UC fueron declarados zonas libres de humo. La iniciativa buscó reducir la exposición al tabaco y apoyar a quienes deseaban abandonar este hábito.

La experiencia demuestra que modificar una conducta no depende exclusivamente de la decisión individual. También requiere cambios en las normas, los espacios y las prácticas colectivas. En otras palabras, una comunidad puede contribuir a que determinadas decisiones saludables sean más accesibles y socialmente compartidas.

La importancia de las iniciativas masivas

Otro de los aspectos destacados en la exposición fue la promoción cotidiana de hábitos saludables. Entre las estrategias mencionadas se encuentran las acciones educativas vinculadas a la hidratación, la incorporación progresiva de hábitos y las instancias de convivencias saludables al finalizar los cursos.

La lógica de dedicar un período a cada hábito permite abordar el autocuidado de manera gradual. En lugar de exigir una transformación inmediata, se propone trabajar sobre conductas concretas y facilitar su incorporación a la rutina. Las convivencias saludables, por su parte, pueden contribuir a que el cuidado personal también se viva como una experiencia de encuentro con otras personas.

A estas acciones se suman iniciativas masivas como Camina 60+, Running UC y Cicletada UC, que acercan la actividad física a no sólo a integrantes de la comunidad universitaria.

El director de Deportes de la UC Harold Mayne-Nicholls y la profesora Ana María Soledad Vargas en el Camina 60+ 2026-2

Estas experiencias permiten ampliar la comprensión del deporte. No se trata únicamente de rendimiento, competencia o condición física, sino también de participación, constancia y vínculos sociales. Caminar, correr o compartir una actividad al aire libre pueden convertirse en oportunidades para fortalecer la pertenencia y hacer del bienestar una experiencia colectiva.

Esta dimensión se relaciona con la propuesta de la psicología positiva: las capacidades humanas pueden desarrollarse cuando encuentran condiciones favorables para expresarse. La perseverancia, por ejemplo, puede ponerse en práctica al mantener una rutina de ejercicio; la vitalidad, al participar activamente; y el trabajo en equipo, al compartir objetivos con otras personas.

«No puedo» no tiene por qué ser el punto final

Uno de los planteamientos más significativos de la exposición fue la convicción de la profesora hacia quienes deciden caminar de la mano del deporte aunque cueste y es que ‘’todos mejoran’’ afirma Ana Vargas. El «no puedo» es un punto de partida para reconocer las dificultades y buscar nuevas posibilidades de desarrollo, pero no el final.

Esta idea invita a generar oportunidades para que cada persona pueda avanzar de acuerdo con sus capacidades y circunstancias.

‘’Sin reflexión, no hay aprendizaje’’

En la vida universitaria, donde las exigencias académicas pueden dejar poco espacio para el descanso y la actividad física, promover el bienestar implica reconocer que los hábitos saludables también forman parte de una experiencia educativa integral. El desafío institucional consiste en facilitar que estas prácticas sean accesibles, sostenibles y compatibles con las distintas realidades de quienes integran la comunidad.

Otra de las expositoras fue la nutricionista perteneciente a la Dirección de Asuntos Estudiantiles UC (DAE) Natalia Arévalo Cancino, quien plantea que se requiere de un plan integral para acercar el bienestar al estudiantado ‘’conócete, protégete, y nutre tu bienestar’’ con actividades prácticas en la comunidad y que involucren diferentes disciplinas y espacios como son las ferias donde se lleva la teoría a la práctica.

Quien también destacó entre los expositores fue Carmen Reyes Flores, profesora de biología de la Universidad de Talca, donde mostró otro modelo educativo centrado en las personas y afirma que ‘’sin reflexión, no hay aprendizaje’’ y tanto los alumnos como el profesorado deben estar conectados para aprender a cultivar el autocuidado.

De izquierda a derecha: Natalia Arévalo, Javier Martínez, Orietta Perni, Carmen Reyes, Angélica Farías y Ana Vargas.

El desafío pendiente: medir el impacto

Si la promoción de hábitos saludables ha avanzado desde campañas de sensibilización hasta iniciativas que convocan a la comunidad, la siguiente pregunta es cómo determinar sus resultados.

El desafío actual, tal como se desprende de los apuntes de la exposición, es avanzar hacia una evaluación de impacto medible. Esto supone distinguir entre la cantidad de actividades realizadas y los cambios que efectivamente producen en la comunidad universitaria.

¿Cuántas personas participan de manera sostenida? ¿Se mantienen los hábitos después de las campañas? ¿Cambian los niveles de actividad física, la percepción de bienestar o la participación de los estudiantes? ¿Las iniciativas llegan también a quienes enfrentan mayores barreras para acceder a ellas?

Responder estas preguntas permitiría identificar qué estrategias funcionan, cuáles necesitan ajustes y dónde conviene concentrar los esfuerzos. También contribuiría a que las políticas de bienestar se desarrollen sobre la base de resultados observables y no solamente de buenas intenciones.

En Character Strengths and Virtues, Peterson y Seligman (2004) destacan la importancia de identificar y evaluar las fortalezas humanas, así como las condiciones que favorecen su desarrollo. Aplicada al ámbito universitario, esta perspectiva permite comprender que promover el bienestar exige tanto crear oportunidades como estudiar sus consecuencias.

La experiencia de la UC muestra que construir una cultura saludable requiere tiempo, continuidad y participación. Pero consolidar ese camino implica dar un paso adicional: conocer el alcance de las iniciativas, evaluar sus resultados y comprender las necesidades de quienes forman parte de la comunidad.

El bienestar estudiantil, en definitiva, no debería medirse únicamente por las actividades que una universidad ofrece, sino también por las oportunidades reales que crea para que las personas puedan vivir mejor. La tarea pendiente es transformar esa aspiración en resultados concretos, verificables y sostenibles.

Finalmente, un agradecimiento a la profesora Ana Vargas quien me extendió la invitación a este Congreso, al Staff, Paula Sánchez y a don Carlos detrás de cámaras que ayudó a que la presentación fuese de gran profesionalismo.

De izquierda a derecha: Paula Sánchez, estudiante de Ingeniería y Diseño UC, Ana Vargas, Trinidad Caro estudiante de Agronomía UC y reportera de Tribuna-latina.com.

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