¿Escuchamos realmente a nuestros hijos?

En nuestra vida en familia hay frases que nuestros hijos repiten cotidianamente. Por ejemplo: “¡Mamá, escúchame!”, “Papá, mira lo que hice”, “Quiero contarles lo que me paso hoy”. Estas expresiones evidencian que nuestros hijos quieren compartir sus vivencias, emociones, preocupaciones o solamente comunicarnos lo que sintieron o hicieron en su día. Muchos padres responden sin levantar la vista del celular, continúan trabajando o contestan con un monosílabo (“ajá”, “que”, “OK”) lo que denota poco entusiasmo por conocer lo que nos quieren comunicar o simplemente es sinónimo de decirle o no me interesa mucho o ahora no quiero oír eso.

Paradójicamente, vivimos en una época con más formas de comunicarnos que nunca, pero cada vez dedicamos menos tiempo a escuchar de verdad a quienes más necesitan sentirse comprendidos. El resultado no siempre es inmediato, pero con el paso del tiempo puede traer como consecuencia una distancia emocional difícil de recuperar.

Es interesante detenernos en la diferencia que hay entre oír y escuchar para comprender que queremos comunicarles en esta reflexión.

Oír es un proceso biológico e involuntario: nuestros oídos captan los sonidos del entorno y el cerebro los procesa sin que tengamos que hacer ningún esfuerzo consciente. Podemos oír una conversación mientras cocinamos o revisamos el teléfono, sin prestar verdadera atención a su contenido.

Escuchar, en cambio, requiere intención y presencia. Significa detenerse para prestar atención a lo que la otra persona dice, observar su tono de voz, sus gestos y sus expresiones, e intentar comprender no solo el mensaje, sino también las emociones, las preocupaciones y las necesidades que acompañan o se esconden en las palabras. En el caso de los hijos, escuchar implica hacerles sentir que merecen ser atendidos. Cuando un niño percibe que sus padres lo escuchan con interés y sin juzgarlo de inmediato, fortalece su confianza, se siente valorado y aprende que expresar lo que piensa y siente es seguro. Por el contrario, cuando solo es oído, pero no realmente escuchado, puede interpretar que sus emociones no son importantes, lo que poco a poco puede llevarlo a callar aquello que le preocupa y a buscar comprensión en otros espacios fuera del hogar.

Los niños no siempre expresan sus emociones de manera directa. A diferencia de los adultos, muchas veces comunican su malestar a través de comentarios aparentemente simples, cambios de comportamiento o incluso del silencio. La expresión “no quiero ir a la escuela” puede esconder miedo al rechazo, ansiedad por un examen, dificultades de aprendizaje o una situación de acoso escolar. Si el adulto responde únicamente con un “tienes que ir porque es tu obligación”, probablemente estará resolviendo el problema práctico, pero estará ignorando la verdadera causa del sufrimiento.

La escucha emocional consiste precisamente en ir más allá de las palabras. Significa intentar comprender qué siente el niño antes de juzgar, corregir o aconsejar. Cuando un hijo percibe que

sus emociones son tomadas en serio, aprende que expresar lo que siente es seguro y que puede acudir a sus padres en busca de apoyo.

Sin embargo, escuchar emocionalmente no siempre resulta fácil. El ritmo acelerado de la vida hace que muchos padres respondan de forma automática. Es frecuente interrumpir, terminar las frases de los hijos, ofrecer soluciones inmediatas o minimizar sus emociones con expresiones como “no es para tanto”, “ya se te pasará” o “deja de llorar”. Aunque estas respuestas suelen surgir con buena intención, pueden hacer que el niño sienta que sus emociones no son importantes o que expresar lo que siente no vale la pena.

Desde el punto de vista psicológico se ha podido demostrar que los niños que crecen sintiéndose escuchados desarrollan una autoestima más adecuada, una mejor regulación emocional y tienen relaciones familiares más sólidas. Además, cuando existe un clima de confianza desde la infancia, es mucho más probable que durante la adolescencia recurran a sus padres para hablar sobre conflictos, presiones sociales o situaciones de riesgo, en lugar de enfrentarlas en silencio, lo cual es muy importante.

Pero ¿Cómo podemos tener una escucha emocional adecuada? ¿Puede ser posible desarrollar esa escucha con algunos cambios en nuestra vida cotidiana? La respuesta es positiva, claro que podemos.

El primer paso consiste en dedicarles toda nuestra atención. No basta con estar físicamente al lado del niño; es necesario detener por unos minutos aquello que estamos haciendo. Guardar el celular, apagar el televisor o hacer una pausa en el trabajo comunica un mensaje muy poderoso: “En este momento eres mi prioridad”. Para un niño, resulta muy importante esa atención exclusiva, ya que tiene un valor emocional especial.

También es importante permitir que termine de hablar antes de responder. Muchas veces los adultos interrumpimos porque creemos saber lo que el niño quiere decir o porque deseamos solucionar el problema cuanto antes. Sin embargo, cuando le damos tiempo para expresar toda su idea, le ayudamos a organizar sus pensamientos y le demostramos respeto por lo que está comunicando. No adivinemos, escuchemos.

Otro aspecto fundamental es hacerle sentir al niño que entendemos cómo se siente, aunque no estemos de acuerdo con lo que hizo. Esto no quiere decir que estemos aprobando todo lo que hizo el niño, sino estamos reconociendo que lo que siente es real. Por ejemplo, podemos decirle: “Entiendo que estés muy enojado porque perdiste el juego” o “Veo que eso te puso muy triste” Lo cual puede ayudar al niño a identificar y aceptar sus emociones. Después será mucho más fácil orientarlo sobre la mejor manera de actuar.

Del mismo modo, conviene hacer preguntas abiertas que favorezcan la conversación en lugar de limitarla. En vez de preguntar únicamente “¿Cómo te fue en la escuela?”, una pregunta que por lo general se responde con un simple “bien”, podemos intentar: “¿Qué fue lo mejor que te pasó hoy?”, “¿Hubo algo que te hiciera sentir orgulloso?” o “¿Qué fue lo más difícil del día?”. Estas preguntas invitan a los hijos a reflexionar y compartir experiencias con mayor profundidad.

Por último, es importante recordar que escuchar no siempre implica resolver. Muchas veces los padres sienten la necesidad de ofrecer una solución inmediata, cuando lo que el niño realmente necesita es sentirse comprendido. En ocasiones, un abrazo, una mirada atenta o una frase como “Estoy aquí contigo” tienen un efecto mucho más positivo que una larga explicación.

Lo que nuestros hijos recordarán no serán tanto nuestras palabras, sino la manera en que los hicimos sentir. Cada conversación guiada por la empatía, el respeto y la comprensión no es tiempo perdido; es un puente indestructible que les dará seguridad para toda la vida. Escucharlos no es una tarea imposible, ni requiere grandes conocimientos, solo exige una escucha interesada y nuestra atención real. Vale la pena detenernos por un momento para recordarles que su voz cuenta, que sus emociones importan y que, en nuestra vida, ellos siempre tendrán el primer lugar.

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