El Azul que lo Susurra Todo: Una Meditación Visual sobre “The Phoenician Scheme” de Wes Anderson

El Fenicio
Con la precisión de un relojero suizo y la audacia de un funambulista sin red, el tejano director de cine Wes Anderson regesa con The Phoenician Scheme, su más reciente exploración cinematográfica, Anderson es como el amigo que te visita vestido de forma imposible, te cuenta un chiste rarísimo y de repente te hace pensar en la vida. The Phoenician Scheme no trata del típico thriller de espías corporativos que promete su sinopsis, sino de una sinfonía visual donde cada fotograma funciona como pincelada en un lienzo en constante movimiento.: estados de ánimo cambiantes saturados de un color que lo impregna todo y referencias artísticas que bailan juntas como en una sesión de improvisación surrealista.
Benicio del Toro, Mia Threaplenton y un Michael Cera en un estado de gracia cómico, se sumergen en este ensayo cinematográfico que, bajo capas de estilización visual, plantea preguntas sobre el poder, la posibilidad de la redención y la capacidad del arte para transformar el caos en belleza. Y sí, sobre el azul—ese color que aquí adquiere dimensiones casi místicas.
Desde el primer fotograma, Anderson y su colaborador habitual, el director de fotografía Bruno Delbonnel, establecen un pacto visual con el espectador. Aquí, el color no decora; comunica. El azul se despliega en un espectro emocional completo: desde el azul petróleo que envuelve las intrigas corporativas hasta el azul ultramar que acompaña los momentos de transcendencia espiritual, pasando por ese azul cielo translúcido que marca los instantes de posible reconciliación.
Cada composición está calculada con la meticulosidad de un maestro flamenco, pero ejecutada con la sensibilidad de un modernista en estado de trance. Una secuencia cristaliza esta filosofía visual: Liesl (Threapleton, cuya presencia en pantalla combina vulnerabilidad y determinación) camina por un corredor iluminado por vitrales azul cobalto. Su padre, Zsa-Zsa Korda (Del Toro, magnífico en su interpretación de la decadencia dorada), la observa desde las sombras teñidas de azul grisáceo. Es un duelo emocional librado exclusivamente a través del color y la composición—pura cinematografía destilada.
Anderson nos hace guiños con el fantasma (benévolo) de la Época Azul de Picasso; la reinterpreta para el siglo XXI. No se limita a saquear la paleta; captura la sensibilidad. Zsa-Zsa Korda, ese magnate que ha esquivado más atentados que goles un portero en día bueno, es la encarnación viva de esos músicos ciegos y mendigos melancólicos que poblaron los cuadros picassianos de principios de siglo. Es un hombre que lo tiene todo (dinero, poder, supervivencia) y, paradójicamente, nada (vacío, culpa, una soledad cósmica). Su búsqueda de redención, usando a su hija Liesl y un proyecto faraónico tan absurdo como ambicioso, es su penitencia, pero vestida con la “elegancia” del capital globalizado
Incluso la escenografía juega a favor de esta lectura. Las sombras son duras, definidas, cortando espacios como cuchillos. Los muebles son escasos, geométricos, esenciales. Las composiciones a veces fragmentan los cuerpos o los encuadran de forma inesperada. Uno casi espera ver aparecer una figura desdoblada en plan cubista. Es como si un cuadro de Picasso de 1903 hubiera cobrado vida, se hubiera puesto un smoking y decidido dirigir una multinacional mientras lidia con sus demonios existenciales. Anderson no copia; dialoga con el maestro, usando su lenguaje visual para hablar de la tristeza inherente.
Si el azul es el alma, la estructura es un corazón medio loco. Anderson se pone felliniano, en plan La Dolce Vita ,8½, Satiricón o la inolvidable Amarcord donde la lógica se va al carajo y lo importante es cómo te hace sentir. Hay escenas que parecen salidas de un sueño: el juicio celestial de Zsa-Zsa, con Bill Murray (no voy a profundizar en ello pero el reparto es brutal) haciendo de Dios, un Dios que parece más un burócrata cansado del cosmos que un ser omnipotenete,no busca sentido, busca un impacto visceral. No busca que digas “Ah, ya entiendo”, busca que sientas el peso del absurdo, la risa nerviosa ante lo incomprensible, el golpe en el estómago de lo existencial. Todo es como un carnaval de personajes rarísimos, diálogos acelerados y situaciones tan absurdas que, al final, te dejan pensando en la vida. Anderson parece susurrarnos que el caos no es la ausencia de orden, sino otra clase de orden, una verdad más honesta, quizás, que la que nos venden empaquetada. Una lección sobre el desbarajuste que es la vida humana y que, ciertamente, no figura en los textos de colegios.
El humor andersoniano funciona aquí como contrapeso necesario al simbolismo denso. Michael Cera, interpretando a un tutor noruego cuya sola presencia genera situaciones cómicas, proporciona momentos de alivio que impiden que la película se ahogue en su propia profundidad conceptual. Cuando declara ser “de Wilmington, Delaware” en medio de una crisis existencial colectiva, la risa surge como mecanismo de supervivencia ante lo absurdo de la condición moderna.
Esta ironía no es gratuita; Anderson la emplea quirúrgicamente para señalar las contradicciones del poder, la burocracia y la religión organizada sin caer en el cinismo fácil. Es humor inteligente que ilumina en lugar de destruir.
Y claro, ¿qué sería de Anderson sin ese humor tan particular? Un humor seco, irónico, a veces casi británico en su reserva, que funciona como la válvula de escape necesaria. Sin él, tanta intensidad visual y emocional podría resultar agobiante.
La película se ríe, con una sonrisa sardónica pero nunca cínica, de los poderosos, de la maquinaria burocrática (celestial y terrenal), de los rituales vacíos, e incluso de sus propias pretensiones artísticas. Es un humor inteligente, que no recurre a lo fácil, y que actúa como ese amigo que te da un codazo en medio de un seminario filosófico demasiado denso, recordándote no tomarte todo tan en serio. Es el salvavidas que te impide ahogarte en las profundas (y azules) aguas del simbolismo.
The Phoenician Scheme trasciende sus elementos aparentes—thriller corporativo, drama familiar, comedia de espías—para convertirse en algo más ambicioso: una meditación visual sobre la capacidad del arte para encontrar belleza en el caos contemporáneo. Anderson nos invita a mirar más allá de la superficie estilística (aunque el estilo aquí alcanza altitudes de perfección casi sobrenatural) para descubrir verdades emocionales en la aparente locura del mundo moderno.
Un experimento visual y narrativo que usa el azul no como decoración, sino como un idioma para hablar de la melancolía, la culpa, la frágil esperanza. Explora la redención no como un destino garantizado, sino como una oportunidad remota y torpemente perseguida. Y, sobre todo, reivindica el arte (el cine, la pintura) como la brújula más fiable para intentar navegar el tremendo lío, hermoso y desconcertante a partes iguales, que llamamos existencia.
Anderson, con su inconfundible estilazo (que, reconozcámoslo, sigue estando en otra liga visual), no nos invita solo a admirar la perfección de sus composiciones. Nos tiende la mano para que nos adentremos con él en el desmadre, en el caos controlado, en el carnaval de lo absurdo, y busquemos – y quizás encontremos – destellos de belleza, conexión humana y sentido incluso allí donde parece reinar solo el azul profundo y la confusión. Y es precisamente en ese salto al abismo, en esa mezcla de erudición visual juguetona y humilde exploración de las grandes preguntas, donde reside, creo yo, su verdadera y deslumbrante joya. Una joya, por supuesto, de un azul profundo e inolvidable.
Que si es la mejor película de Anderson o no, importa un comino. Es innegable que la película es un festín visual. Lo importante es que constituye su experimento más arriesgado, un salto al vacío ejecutado con la precisión de un maestro en plena madurez creativa. Y en ese riesgo calculado, en esa disposición a explorar territorios inexplorados, reside precisamente su mayor triunfo artístico.