Tradiciones chilenas en el exilio: memoria, identidad y resistencia

Chile posee diversas tradiciones que forman parte de su historia e identidad cultural. Muchas de ellas están relacionadas con la vida campesina y adquieren especial importancia durante las Fiestas Patrias. Para quienes debieron abandonar el país después del golpe de Estado de 1973, conservar estas costumbres fue también una manera de mantener el vínculo con Chile.
Una de las tradiciones más recordadas es elevar volantines. Aunque su origen se encuentra en la antigua China, llegaron a América por medio de los españoles y se hicieron populares en Chile durante la época colonial. El volantín chileno se fabrica tradicionalmente con papel de seda de colores y varillas livianas de chilca o coligüe.
Sin embargo, el volantín no es solamente un juego. También puede representar libertad, memoria, arraigo y resistencia. Para muchos chilenos exiliados, el papel de seda y el hilo extendido hacia el cielo evocaban los vientos de septiembre en la zona central de Chile. Aunque el viento llevara el volantín a la distancia, el hilo continuaba unido a la mano, del mismo modo que quienes vivían lejos permanecían ligados a su patria.

En Bergen, uno de nuestros compañeros fabricaba volantines con papel de seda de distintos colores y delgadas varillas de madera. Cada diseño evocaba los cielos chilenos de septiembre y despertaba recuerdos de las Fiestas Patrias vividas antes del exilio. Elevarlos no siempre era fácil debido a la lluvia y a los cambios del viento, pero niños y adultos se reunían igualmente para verlos volar. Aunque se levantaban bajo un cielo extranjero, aquellos volantines acortaban simbólicamente la distancia con Chile.
Los juegos criollos también ocupaban un lugar importante en las celebraciones. Entre ellos estaban la rayuela, las carreras de sacos, las bolitas, el emboque, el palo ensebado y el trompo. Este último, generalmente fabricado en madera y provisto de una punta metálica, se hacía girar mediante una cuerda enrollada alrededor de su cuerpo.
En Bergen, un compañero carpintero fabricaba trompos por encargo. Como debía preparar una gran cantidad, comenzaba a trabajar con varios meses de anticipación. Mis hermanas y yo muchas veces lo ayudábamos a pintarlos, llenándolos de colores y diseños diferentes. Mientras trabajábamos, compartíamos historias y recuerdos de Chile. Cada trompo llevaba un poco de nuestro esfuerzo, pero también de nuestra nostalgia. Al girar lejos de la tierra de origen, se convertía en una forma de mantener vivas nuestras costumbres y transmitirlas a las nuevas generaciones.
La música era otro elemento fundamental de esos encuentros. Las guitarras acompañaban cuecas, tonadas, valses y canciones populares. Sus cuerdas permitían expresar la alegría de reunirse, pero también la nostalgia, la pérdida y la esperanza del regreso. La guitarra no era solamente un instrumento: representaba memoria, compañía y unión.
Los charangos también estaban presentes, especialmente en las canciones vinculadas con la tradición musical andina. Su sonido agudo y brillante, unido al de las quenas, las zampoñas, los bombos y las guitarras, recordaba los paisajes del norte de Chile y la historia de los pueblos andinos. Estos instrumentos ayudaban a conservar una identidad cultural diversa y a compartirla con las nuevas generaciones.
Otras tradiciones chilenas incluían a los chinchineros y organilleros, artistas populares que recorrían las calles interpretando música. El organillero tocaba un instrumento mecánico llamado organillo, mientras el chinchinero bailaba y tocaba un tambor que llevaba sujeto a la espalda. También se recordaba la trilla a yegua suelta, antigua costumbre campesina en la que se hacía correr a las yeguas sobre las espigas para separar el grano de trigo de la paja.
El rodeo chileno, surgido del trabajo ganadero realizado en las antiguas haciendas, era otra expresión de la cultura campesina. Con el tiempo se transformó en una competencia practicada en una medialuna. Actualmente, algunas personas lo consideran parte de la identidad huasa, mientras otras lo cuestionan por sus efectos sobre el bienestar animal.
En el exilio, estas tradiciones adquirieron un significado especial. Fabricar volantines, pintar trompos, tocar guitarras y charangos, bailar cueca o compartir comidas típicas no era solamente una manera de celebrar. Era una forma de resistir al desarraigo, conservar la memoria y enseñarles a los niños nacidos lejos de Chile de dónde venían sus familias.
Así, las costumbres chilenas cruzaron fronteras y encontraron un nuevo espacio en Bergen. Cada volantín elevado, cada trompo pintado y cada canción interpretada mantenían vivo un lazo con la tierra distante. Las tradiciones se convirtieron en un hogar simbólico: un lugar construido con recuerdos, trabajo comunitario, música y esperanza.


