NOTAS BREVES DEL EDMONTON FOLK FESTIVAL 2025

Edmonton Folk Festival, Byron González’s

1.- El sábado 9 de Agosto con frustrados anhelos de omnipresencia decidí encaminar mis pasos al escenario 1 del Edmonton Folk Festival 2025. 11 de la mañana y a sabiendas que a la vuelta de la esquina hay cada magia, me dejé llevar por el instinto influenciado por el hábito. Y allí, en el escenario 1, escuché y vi la definición de una perfecta sesión de improvisación (jam session). 3 diferentes grupos musicales, de 3 diferentes culturas , 3 diferentes países sonaron como una sola banda. La reunión de esos músicos fue surrealista. Kyla de Dublín, Irlanda, acarreando sus gaitas y violines, pero con un giro contemporáneo al incorporar percusiones africanas como edjembés y congas. Burnstick, de Manitoba, Canada, dúo que con sus voces cubriendo praderas y sentimientos guían sus guitarras. Māmā Mihirangi & the Māreikura, maoríes indígenas artistas de Nueva Zelanda que irrumpieron con su furiosa armonía de voces y hakas tradicionales, utilizando técnicas del looping(cortas piezas musicales grabadas y que se repiten constantemente) para crear capas rítmicas hipnóticas. Pues esta actuación fue definida por Nadia y Jason Burnstick como un café con leche y azúcar. Un “cortado” dirían los españoles. Algo que se puede degustar a cualquier hora del día y siempre reanima. Eso fueron ese trio bandas.


2.- Los mediodías y las noches en el escenario principal echaron la casa por las ventanas en el Edmonton Folk Festival 2025. Enumero sin pretender posiciones que no tienen validez aquí. Sí quiero expresar su valía. Desde el Jueves 7 al domingo 10 de Agosto, la inquietante voz de Serena Rider, la renovación del son jarocho de Las Cafeteras y sus himnos de justicia (sonido ya conocido por los lectores de Tribuna Latina, en 2028 les hicimos una entrevista), el electrizante sonido de los congoloses Jupiter & Okwess a más de uno dejó boquiabierto o cuando la noche presentó a danzantes candelas que dibujaban el perfil de la noche con el legendario Taj Mahal y su blues atemporal que se fundió con la noche o MT. Joy que con su indie-folk conectó por igual con jóvenes y adultos.


3.-Más allá de la música, el festival fue una celebración culinaria y comunitaria. Los puestos de comida ofrecían una deliciosa gira gastronómica por el mundo, desde poutine canadiense y barbacoa sureña hasta arepas venezolanas y curry tailandés. Mientras los adultos disfrutaban de cervezas artesanales locales y vinos de Alberta, los más pequeños tenían su propio espacio en la Zona Familiar, con talleres de instrumentos reciclados, cuentacuentos y actividades que fomentaban la creatividad. Las mantas extendidas sobre la colina del Gallagher Park formaban un mosaico de familias y grupos de amigos, compartiendo alimentos y risas bajo el sol o las estrellas. Este ambiente acogedor y inclusivo reforzó la esencia del folk: historias compartidas alrededor de un fuego común, aunque este fuera simbólico.


4.- No existieron excusas, pues el desborde era la regla. 4 días musicales que entre breves lluvias y días soleados dejaron nuevamente huella del buenvivir, el entendimiento compartido, el mutuo respeto entre músicos y público fue demostrado día tras día. Y en este actual mundo de bufones de mala calaña, procaces pervertidos, ladrones complices y asesinos confesos que gobiernan algunos países de este mundo, este festival musical es un recordatorio de que la belleza, la creatividad y la humanidad siguen vivas. Es un bálsamo para el espíritu, un espacio donde la magia está, literalmente, a la vuelta de la esquina.

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