Lotes y facciones del PS y la centroizquierda

La debacle y la compleja situación que atraviesa la izquierda chilena es evidente. A la crisis política se suma una falta de conducción clara, marcada por ambivalencias y escasas definiciones públicas. Estas señales envían un mensaje preocupante tanto a la ciudadanía como a la militancia de los partidos que integraron el denominado Socialismo Democrático.

El gobierno de Gabriel Boric Font concluye su ciclo de cuatro años dejando profundas diferencias internas en materia de gobernabilidad y conducción política. Dentro del gabinete, una de las figuras que logró mantener una línea más coherente desde la izquierda fue la ministra secretaria general de Gobierno, Camila Vallejo, quien consolidó su liderazgo político dentro del Partido Comunista, destacando por su fidelidad ideológica y capacidad comunicacional.

En contraste, la participación del Partido Socialista (PS) en el gabinete pasó casi inadvertida. Esto resulta llamativo si se considera que históricamente el PS fue un referente central en las políticas de coalición de la centroizquierda chilena. Con el término del gobierno de Boric, el país inicia un nuevo ciclo político tras la llegada de José Antonio Kast a la presidencia este 11 de marzo de 2026.

Un análisis profundo de este escenario quedará, sin duda, en manos de politólogos y analistas. Sin embargo, es imposible ignorar las tensiones internas que atraviesan hoy al Partido Socialista.

Dentro del PS existen al menos tres lotes o facciones con influencia relevante. El primero es el denominado “Tercerismo”, encabezado por la actual presidenta del partido, Paulina Vodanovic. A su vez, el secretario general Camilo Escalona se sitúa en la corriente conocida como “Nueva Izquierda”. Finalmente, aparece el grupo “Grandes Alamedas”, asociado a Andrés Santander. También se menciona el casi desaparecido lote “Renovación”, ligado al histórico dirigente José Miguel Insulza.

La pregunta que surge es evidente: ¿qué aportan realmente estas facciones al fortalecimiento del partido? Para muchos militantes, muy poco. Las corrientes internas parecen cada vez más alejadas de las bases comunales del partido. Aunque existen formalmente, su incidencia real en las decisiones del Comité Central (CC) y de la Mesa Ejecutiva (ME) es percibida como distante por gran parte de la militancia.

Desde Arica hasta Punta Arenas se repite una crítica: la dirección del Partido Socialista no escucha a sus bases. Muchos acusan que el partido se ha transformado en una estructura dominada por funcionarios políticos, con sueldos elevados, pero desconectados de las inquietudes reales de la militancia.

En el pasado, los núcleos partidarios —hoy llamados comunales— eran el motor político del PS. Desde allí se construía la línea política que luego se discutía en el Comité Central y se ejecutaba a nivel nacional. Hoy, en cambio, existe una sensación de distancia. Las decisiones se toman en instancias superiores y la militancia rara vez conoce los debates internos que las originan. La Mesa Ejecutiva publica comunicados, pero muchas veces sin traducirlos en orientaciones políticas concretas hacia las bases.

El resultado ha sido una creciente desafección militante. Muchos comunales denuncian que la dirección partidaria aparece únicamente mediante declaraciones públicas que no reflejan las posiciones territoriales. Esto ha provocado renuncias y un progresivo alejamiento de militantes que sienten que el PS ya no los representa.

En paralelo, el partido parece haber dejado atrás su antigua referencia ideológica al marxismo-leninismo, adoptando una identidad más difusa bajo el concepto de socialismo democrático. Para algunos sectores internos, esta transición no ha sido suficientemente discutida ni definida, generando confusión sobre el proyecto político del partido.

Históricamente, el PS defendió una propuesta clara de transformación social y de proyecto de nación. Hoy, sin embargo, muchos militantes consideran que las distintas facciones internas han terminado por diluir esa claridad política. Esto se refleja también en la pérdida progresiva de presencia parlamentaria, aunque el partido aún mantiene una presencia significativa en organizaciones sociales como la Central Unitaria de Trabajadores (CUT).

A esto se suma otro problema estructural: la falta de una estrategia para atraer nuevas generaciones de militantes, provenientes del mundo poblacional, estudiantil y universitario. Existe un potencial político en esos sectores, pero el partido no ha logrado articular una línea política que convoque a esa nueva cantera militante.

Tampoco parece existir un reconocimiento suficiente al rol que jugó la militancia socialista en el exterior durante la lucha contra la dictadura. El llamado Regional Exterior continúa enfrentando problemas de representación y denuncias sin resolver ante el Tribunal Supremo del partido, lo que mantiene a ese sector en una situación de indefinición institucional.

Frente a este escenario surge otra interrogante mayor: ¿qué opciones tiene hoy la izquierda chilena frente al nuevo gobierno de José Antonio Kast?

Las posibilidades parecen limitadas. No solo por la correlación de fuerzas en el Ejecutivo, sino también por las complejas mayorías en ambas cámaras del Congreso.

En este contexto, partidos como el Frente Amplio (FA), el Partido Comunista (PC) y el Partido por la Democracia (PPD) han impulsado conversaciones orientadas a recomponer la unidad política de la centroizquierda. Mientras tanto, el PS inicialmente intentó una alianza distinta junto al Partido Radical (PR) y la Democracia Cristiana (DC), dos colectividades que hoy poseen un peso electoral mucho menor.

Sin embargo, tras ese primer intento fallido, se han retomado conversaciones para construir un nuevo referente político opositor. La discusión incluye incluso la posibilidad de adoptar un nuevo nombre que represente esta reconfiguración del bloque progresista.

La gran incógnita sigue siendo la misma: ¿volverán las dirigencias a tomar decisiones sin considerar a las bases militantes?

Porque, al final, son esas bases —los comunales, los territorios y las organizaciones sociales— las que históricamente han sido el verdadero motor de los cambios políticos en Chile.

Habrá que ver si esta vez la historia se escribe de manera distinta.

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