El muchacho que volaba bajo
Había una vez un muchacho que andaba por la vida con una seguridad que ya la quisiera para sí un monumento nacional. Se sentía muy fuerte, muy poderoso y, sobre todo, dotado de una inteligencia tan vasta que uno no se explicaba cómo es que todavía no lo habían nombrado presidente de algo.
En su fuero interno, él no era un tipo cualquiera; él se veía a sí mismo como:
“The Daring Young Man on the Flying Trapeze.”
Y así se lanzaba al mundo: como un trapecista de carpa elegante que surca los aires sin red, convencido de que su sola presencia bastaba para que el mundo se detuviera a contemplarlo. Se dedicaba a prometer castillos en el aire y a dar órdenes con una autoridad que rozaba la insolencia, siempre mirando a los demás desde las alturas de su trapecio imaginario.
Pero ocurrió lo que suele ocurrir en el cosmos cuando se confunde el entusiasmo con el talento: el trapecio se rompió.
Y el muchacho no cayó en una red de seda, sino que aterrizó de nariz en el piso de la cocina. Fue un choque espantoso contra la realidad. De aquel personaje invencible no quedó más que un pobre diablo que, de pronto, descubrió que la valentía se le había escurrido por el desagüe junto con el resto de sus ilusiones.
La transformación fue digna de una novela de costumbres. El “joven audaz” terminó haciendo el ridículo más completo que se haya visto en la colonia en la que él nació. Ahora, toda esa energía que antes usaba para impresionar a las multitudes, la emplea en una actividad mucho más productiva y silenciosa: barriendo la casa y limpiando los trastes de la mujer que trabaja como loca para poderlo mantener.
Ahí lo tienen ahora, muy hacendoso, levantando platos con un cuidado que nunca tuvo para las cosas importantes, y cuidando de no dejar pelusas bajo los muebles, no sea que la patrona lo mande de regreso al aire libre, donde hace un espantoso frío y ya no hay trapecios de donde colgarse.
Pasó de ser el dueño del cielo a ser el dueño de la fibra y el jabón. Un desenlace muy limpio, si me preguntan.
*Rosa Carmen Ángeles es profesora de la UNAM, México.
