Todo Depende del Nombre

A mí siempre me ha parecido que ponerle a una niña el nombre de Rosa Carmen es algo verdaderamente atroz, casi casi un pleito de perros. Otro poco y ese nombre resulta de rumbera o de mujer de cabaret. A mí me habría gustado tener nombre de heroína y llamarme, tal vez, Cleopatra o Clitemnestra, para pasear plácidamente por las orillas del Nilo, o ser el azote espartano y causar temor entre los súbditos (“Clitemnestra Ángeles para servirle a Dios y a vos”). Cuando era niña me decían Rosita; ahí sí que mi familia la regaba: además de oírse cursi no me quedaba porque entonces era yo amarilla y me veía terriblemente flaca.

Mi hermana se llama Lilia y cuando era niña sus amigos le decían: “Lilia. Lila, Lilongo, el sombrero me lo quito y me lo pongo”, y ella lloraba. Además, Lilongo se veía muy chistosa: mi mamá la peinaba con una cola de caballo que la hacía parecer que cargaba el sombrero de Daniel Boone.

En la escuela primaria había una endemoniada chamaca que se llamaba Santa, y cada que me veía me pellizcaba; sin embargo, a mí me daba mucha risa pensar que de haber nacido ella dentro de mi familia se habría llamado Santa Ángeles (o tal vez toda la corte celestial…).

En México, los nombres griegos tienen menos aceptación que los nombres en latín; por ejemplo, Víctor y Nicandro significan Vencedor, uno en latín y el otro en griego; sin embargo, las mamás prefieren Víctor y no Nicandro para bautizar a sus niños.

Entre los árabes un nombre bonito es el de Laila, que significa Noche, pero curiosamente éste lo usan mucho las prostitutas.

Un amigo mío que es brujo una vez me dijo que el destino de la gente está en relación con el nombre que se obtiene en el bautizo: entonces pretendí llamarme Rosa Aparecida o Indiana Jones.

Siempre he pensado que mi amiga Marina Raso tiene nombre de perfume, o cuando menos de brasier: “Corsetería fina Marina Raso”. Me daba una envidia. Hasta que me enteré‚ que su segundo nombre es el de Joaquina: “Marina Joaquina Raso”. “Presente, maestra”. No podía parar de carcajearme.

Mi mamá , normalmente, me llamaba Rosita, pero cuando se enfurecía me gritaba ¡Rosa Carmen!; desde entonces le agarré coraje a mi nombre. Pero mucho peor estaba una señora que se llamaba Doña Lucrecia. Ella, cuando yo era chica, se encargaba de bordarle los escudos a mis uniformes. A Doña Lucrecia su marido cuando estaba contento le decía “Lucre”. Pero cuando se enojaba le lanzaba violentamente una pantufla y le gritaba: “Lucreciota la feyota. Lucrecia Borgia.”

Los nombres son muy importantes a la hora de crear literatura. Juan Rulfo manejaba muy bien los nombres: Pedro Páramo (Piedra del desierto), Susana San Juan (Susana: Azucena, Flor. Flor de San Juan). Una piedra del desierto enamorado de una flor de San Juan. El mero significado de los nombres es ya una historia.

Hay nombres de gente que a uno lo persiguen como imán: a mi amiga Laura, siempre la persiguieron los Memos y los Toños, pero nunca los Sergios . A mi hermana por mucho tiempo la siguieron los Javieres, hasta que llenó el álbum y se comenzó a fijar en los gringos; entonces ya la persiguieron los Rick, y terminó casada con Ricky Schenkel. A mi me perseguían los Albertos, hasta que se acabó mi tiempo de buena suerte y ya nomás me persiguieron los Eduardos. (El nombre de Alberto siempre me ha parecido como el de alguien que trepa furiosamente un cerro.)

Antes, los padres acostumbraban bautizar al hijo según el santoral; ahora los nombran según la telenovela en turno. Mi papá nació el día de san Guillermo y le pusieron Guillermo, pero yo creo que si ha nacido el día de san Eustasio mi mamá no se casa con él.

Poco a poco la sensiblería extranjera ha influido en la nomenclatura familiar. Si la abuelita se llamaba Pachita, la nieta se llamará Chantal; si el padre se llamó Pedro Pérez, ahora el hijo se llamar Douglas Pérez… En fin, ¿qué se le va a hacer? Así las cosas. Ni modo.

*Profesora desde la UNAM,  México