NOCHE DE REYES

«Querida tía Cristina, espero que te encuentres bien de salud esta noche de Reyes y que tus dolores de rodillas hayan desaparecido por completo.  Le pido a la Santa Virgen que te dé fortaleza y bienestar.   Sabes, te escribo porque no tengo a quién recurrir, ni papá ni mamá me hacen caso, por eso acudo a ti.

Me imagino que en estos momentos debes encontrarte apuradísima preparando el chocolate que venderás mañana junto con la rosca de Reyes. Sé bien, tía querida, que a tus  setenta y cinco años la vida no debe de ser fácil, pero si me auxilias, con toda humildad prometo apoyarte vendiendo comida, así caiga lluvia y granizo, juntas lavaremos y plancharemos ropa ajena  y durante la noche pelaré habas, y cortaré papas para, juntas, hacer la venta del día siguiente. 

Me imagino, tía hermosa, que el tiempo en el pueblo debe de ser excelente, que no se pasa ni frío ni calor y debe haber una gran calma en el cielo esperando la llegada de los Reyes Magos.  En esta oscura noche, estoy segura, habrá muchos niños durmiendo y se deben ver por todo el pueblo las estrellas que guiarán a los Santos Reyes.

Sabes, tía, ayer me pegó Don José, el tendero; me cogió por los pelos y medio de cuerazos, según él porque voy a ser la causante de que su matrimonio se convierta en un desastre.  Aquí no voy a la escuela ni tengo maestra alguna que me deje tarea.   Sólo veo a mi papá cuando viene por el dinero que le da Don José por mí.  El otro día vino mi mamá y le conté las cosas feas que hace Don José conmigo cuando estamos solos y lo único que me contestó fue que tenía que quedarme porque de otro modo mis hermanos se podrían morir de hambre.   Según ella yo tengo la obligación de mantenerlos a todos.  Mi deber, entonces, es darle placer al demonio.  Aquí he pasado ya varios años, y las cosas que hace Don José conmigo, o quiere que haga yo con él, me siguen disgustando y pareciendo asquerosas.  Aquí mi virtud se ha convertido en vicio; al menos así es como yo lo siento.

No entiendo cómo es que mi madre soporta todo lo que mi padre quiere para ella y para nosotros sus hijos.  Recuerdo una vez, cuando mi mamá vendía elotes, que ella se encontraba platicando con un señor; mi padre, que como de costumbre estaba borracho, cuando la vio, le pegó y la sentó en el  brasero donde se cocinaban los elotes.  Para  entonces estaba ella embarazada de mí hermano el pequeño.

Definitivamente, los astros estuvieron en mi contra cuando nací.  A veces, cuando recuerdo a Pablo mi hermanito comiendo lombrices de tierra, siento que mi mamá está en lo cierto cuando dice que me debo quedar al lado de Don José.   Sin embargo, hay momentos en que mi propia familia me resulta repugnante.

Sabes, tía, a mí los gatos ya no me gustan.  Porque por culpa de ellos me han  pegado mucho. Un día, uno se comió el puchero de Don José.  Entonces el hombre me regañó y  dijo que había sido yo quien se había merendado su  comida.   Me gritó muerta de hambre y aunque yo alegaba que  no me había comido nada, que habían sido los gatos, él me contestó: “La gata fuiste tú, eres una muerta de hambre, tú te tragaste la comida.”  Un día encontré a un gato encima de la hornilla, comiéndose la comida, entonces lo agarré y le amarré las patas y con un machete lo maté.  Por allá fue a dar la cabeza y el cuerpo se quedó temblando.  Lo maté de la rabia que yo tenía porque por culpa de ese animal me pegaron terriblemente.  Maté a uno de esos  gatos, pero al otro, aunque le pegué mucho y lo fui a tirar por la barranca, al otro día ya estaba aquí maullando.    

Don José ni siquiera me da bien de comer, me avienta la comida y me dice: “Óra muerta de hambre, traga”  y me arroja la comida al piso.  A veces siento que me estoy volviendo igual de mala a ese señor.

  Don José sólo me trata bien cuando quiere tocarme y hacer cosas desvergonzadas conmigo, entonces sí me dice “hija”, “mi vida, mi amor”.   Pero el otro día me mandó a despachar los chiles adobados, y yo, en vez de servirlos con la cuchara que corresponde, los serví con la que se despachan los duraznos en almíbar y el tendero me cogió de los cabellos y me hundió la cara en la olla del vinagre.  

A veces, la mujer del tendero llega al negocio y con gritos me manda hasta su casa para que limpie los pisos y los cristales.   Creo que se imagina las cosas indecentes que Don José me obliga a hacer, y a pesar de mostrarse ante la gente como una mujer muy religiosa  que mueve mucho los labios porque según ella está haciendo oración, es una señora  infame. Cuando estoy más apurada limpiando el piso, me lanza escobazos o, a veces patadas y me grita que soy una puta que vive en pecado mortal, una maldita que algún día se ha de ir al infierno.  Le  pido a Dios que eso no pase. ¿No es bastante que no haya tenido suerte en la vida? ¿Todavía en la muerte tendré que sufrir en el infierno?  El otro día me hizo robarle dinero a su marido y me amenazó con matar a mis hermanos o lanzarme a la barranca si yo decía algo.  Don José se dio cuenta del faltante que había en la caja y pensó que yo lo tenía guardado para dárselo a mis padres.  Me metió una bofetada que me hinchó la cara durante varios días.  Cuando mi padre, deseoso de alcohol y de juego fue a recoger lo que le pagan por mi trabajo, y me vio, lo único que hizo fue regañarme y decirme que debía ser obediente con Don José.  

Sabes, la ventana del cuarto en el que duermo en la azotea no tiene vidrio y cuando llueve se mete el agua y pasó frío. Casi siempre tengo hambre.  Don José cuenta con mucho cuidado lo que hay en la tienda y por la mañana me da una tortilla y café; para comer, más tortillas y comida vieja de la que queda en su casa.   Cuando me da de cenar me da pan duro o más tortillas.   El agua para tomar la tengo que sacar de un pozo que tiene un líquido negrísimo y con muy mal olor.

Querida tía, por lo que más quieras, ayúdame a salir de aquí, esta vida es horrible, me siento desolada y no puedo evitar seguir estándolo; he tratado de tomar un cuchillo y matarme, pero por más que acerco el cuchillo a mi panza, tiene tan poco filo que no entra.

Te mando muchos abrazos y besos y te prometo que si me llevas contigo te ayudaré en tu cocina y te apoyaré cuando te sientas enferma.”

*Profesora de la UNAM, México