ATAQUE DE APENDICITIS

Hace tiempo que me comí una torta de pulpo al aire libre y dos horas después sentí en el estómago como un disparo de fusil: me puse malísima, aunque no lo  suficiente como para dejar de regresar al puesto y lanzarle a gritos al vendedor todo mis desprecio, envuelto en una retahíla de reproches entre los que estaba el de que en su cochino puesto ambulante se vendía basura.  Le dije que, si quería hacerse rico vendiendo tortas, ¿por qué no se dedicaba a la sagrada tarea de lavar bien las verduras y destruir los microbios?, que qué necesidad había de poner a la gente a morir.

                El hombre aquel resistió valientemente mi perorata y puso una cara como de quien no sabe absolutamente nada.  Y aunque al principio lo consideré un ser valiente y estoico, después me enteré de que se trataba del hombre más tonto del barrio, aunque al mismo tiempo era un ser humano, fiel, generoso y bondadoso, quien se consideraba a sí mismo como el mejor cocinero del país… en treinta metros a la redonda.

                Finalmente me preguntó que a qué venía tanta bronca, que por qué me empeñaba en crearle mala fama.  Que era cosa nada más de que me comprara un alkaselzer o una suspensión para la diarrea y con eso se acababa el problema.

                Con la rapidez de un rayo compré un par de alkaseltzer y corriendo con urgencia fui a mi casa.  Con aquellas tabletas llegué a sentirme hasta el límite de lo lamentable. Por lo que empecé a beber té de manzanilla, té de hojas de limón, té de yerbabuena y así, puros tés, pues no conocía otro remedio para mi mal.   La primera noche la había pasado sintiendo el estómago apergaminado y acordándome de toda la familia del mortífero vendedor callejero.  Pero antes de acostarme había bajado a la farmacia a comprarme otros tres alkaseltzers.  Por la mañana del día siguiente estaba yo pálida, débil y furiosa contra quién sabe quién.

                Desde aquel día mi estómago funcionaba a la manera de un despertador y cada media hora me llenaba de sobresaltos.  Mientras tanto, yo continuaba bebiendo té de manzanilla y procuraba olvidar el estómago poniéndome a cantar ridículas canciones de amor y pensando: “Uno, dos tres.  Ya está.  El dolor no existe. Mi mente es más poderosa que mi cuerpo.  Este retortijón es producto de mi imaginación”.  Para el miércoles por la mañana me sorprendió otro sobresalto, algo así como si me hubiera picado un escorpión; tenía todavía fiebre y recordé como mi tío Pedro había muerto con el apéndice estrangulado.   A la mañana siguiente comprendí que mi problema no se debía a una bronca sociológica y me levanté, me bañé me vestí, busqué dinero en el monedero, en la alcancía en el cajero automático y como en todo aquello encontré 150 pesos, no me quedó de otra más que resignarme lanzarme hasta el Seguro Social.

                Con pasos vacilantes llegué hasta la sala de emergencias, ahí le comuniqué a una recepcionista que me estaba muriendo de apendicitis, pero aquella mujer, como el resto de los empleados me tiraron de a loca.  Posteriormente me pusieron una horrible bata blanca abierta por atrás donde se me veía todo: luego un médico y varios practicantes me avergonzaron de lo lindo cuando me pidieron que me pusiera en una posición como de cirquera para después sacar como conclusión lo que yo desde un principio tuve clarísimo: tenía un ataque de apendicitis.  Todo principió alrededor de las diez de la mañana y dos horas después, me extirpaban un apéndice mohoso.

                Cuando desperté me miré en el espejo, sentí como si una bruja me hubiese convertido en rana y empecé a sentir una inmensa compasión de mí misma, pero me di cuenta de que el puro hecho de estar viva era  ganancia para mí.

                Comer gelatinas aguadas e insípidos sándwiches sin chile durante la convalecencia me hicieron jurar que en cuanto me aliviara saborearía con muchas ganas cada gordita de chicharrón que me comiera, además de que abandonaría el tabaco, la ginebra, la angustia y el exceso de trabajo.

Sin embar.-go he cumplido con grandes dificultades: he dejado de fumar -eso ya es ganancia, ya que fumaba desde que tenía doce años- bebo ginebra con moderación -sólo en las fiestas o cuando hay oportunidad-, aunque sigo comiendo como loca cosas que me hacen daño y me sigo angustiando por sucesos imaginarios e inevitables.

*Profesora de la UNAM en México