Abuso infantil

María, muchacha de trece años, a quien habían llevado a la tienda del abarrotero dos años atrás, no pudo dormir la noche de día de Reyes.

Cuando el tendero se fue, cerca de las doce, para encontrarse con su esposa y sus hijos, María cogió del armario un bolígrafo y una hoja de papel de estraza y se dispuso a escribir.

Antes de empezar dirigió a la puerta una mirada en la que se pintaba el temor de ser sorprendida. Miró a la puerta y exhaló un largo suspiro.

El papel lo colocó sobre el mostrador del banco, ante el cual estaba ella de pie y empezó a escribir.

«Querida tía Cristina espero que te encuentres bien de salud y que tu dolor de rodillas haya desaparecido por completo.  Le pido a la Santa Virgen que te dé salud y bienestar. Sabes, te escribo porque no tengo a quién recurrir, ni mi papá ni mi mamá me hacen caso, por eso recurro a ti.”

María miró a la oscura ventana de la tienda, en cuyos cristales se reflejaba un foco, y se imaginó a su tía Cristina, tapándose con su chal viejo y acariciando a su gato mientras miraba por la ventana. Era una viejita de delgada que para leer usaba lentes, a pesar de la edad seguía muy activa.   Una mujer de buen sentido, buen corazón y buen carácter.  Tenía setenta y cinco años y durante el día vendía comida, lavaba y planchaba ropa ajena y por la noche pelaba habas, cortaba papas y preparaba los ingredientes con los que prepararía la comida que vendería al día siguiente.  Mujer lista y humana, hacía años que había enviudado y nunca tuvo hijos, por lo que vivía sola, sin más compañía que sus dos perros y un gato.

En aquel momento, la tía estaría, apuradísima preparando chocolate que vendería al día siguiente junto con rosca de Reyes, o alimentando a sus perros, o jugando con su gato.

El tiempo en el pueblo de mi tía sería excelente no haría ni frío ni calor y habría una gran calma en el cielo, esperando la llegada de los Reyes Magos. A pesar de la oscuridad de la noche, se vería todo el pueblo con sus tejados de lámina, en casas donde habría niños durmiendo y en el cielo la estrella que guiarían a los Santos Reyes.

María, imaginándose todo esto, sollozaba.

Tomó de nuevo la pluma y continuó escribiendo:

«Ayer me pegó Don José, el tendero, me cogió por los pelos y me dio de cuerazos, según él porque voy a ser la causante de que su matrimonio pueda fracasar.  Aquí no voy a la escuela ni tengo maestra alguna que me deje tarea.   Sólo veo a mi papá cuando viene por el dinero que le da Don José por mí.  El otro día vino mi mamá y le conté las cosas feas que hace Don José conmigo cuando estamos solos y lo único que me contestó fue que tenía que quedarme ahí porque de otro modo mis hermanos se podían morir de hambre.   Según ella yo tengo la obligación de mantenerlos a todos.  Mi obligación, entonces, es darle placer al demonio.  Aquí he pasado ya varios años, y las cosas que hace Don José conmigo, o quiere que haga yo con él, me siguen disgustando y pareciendo asquerosas.  Aquí mi virtud se convirtió en vicio, al menos así es como me siento.   

No entiendo cómo es que mi madre soporta todo lo que mi padre quiere.  Alguna vez escuché que hubo un tiempo en el que mi mamá vendía elotes, y un día que mi papá estaba tomado y mi mamá se encontraba platicando con un señor, mi padre cuando la vio platicando, le pegó y la sentó en un brasero, lo más terrible es que entonces estaba ella embarazada de mí.

¿Por qué seremos tan pobres? Definitivamente, los astros estuvieron en mi contra cuando nací.  A veces, cuando recuerdo a Pablo mi hermano comiendo tierra, siento que mi mamá está en lo cierto cuando dice que me debo de quedar al lado de Don José. Hay momentos en que mi propia familia me resulta repugnante.

Don José sólo me trata bien cuando quiere tocarme y hacerme cosas sucias, pero el otro día, me mandó despachar los chiles adobados, y yo, en vez de servirlos con la cuchara que corresponde, los serví con la que se despachan los duraznos en almíbar y el tendero me cogió de los cabellos y me hundió la cara en la olla del vinagre.  

A veces, la mujer del tendero llega al negocio y con gritos me manda hasta su casa para que limpie los pisos y los cristales.   Creo que se imagina las cosas que Don José me obliga a hacer, y a pesar de mostrarse ante la gente como una mujer muy religiosa, y mueva mucho los labios según ella haciendo oración, es una mujer muy mala y, en venganza, cuando estoy más apurada limpiando el piso, me lanza escobazos o a veces patadas y me grita que soy una puta que vive en pecado mortal, una maldita y que algún día se ha de ir al infierno.   ¿No es bastante que no haya tenido suerte en la vida? ¿Todavía en la muerte tendré que sufrir en el infierno?  El otro día me hizo robarle dinero a su marido y me amenazó con matar a mis hermanos o lanzarme a la barranca si yo decía algo.  Don José se dio cuenta del faltante que había en la caja y pensó que yo lo tenía guardado para dárselo a mis padres. Me metió una bofetada que me hinchó la cara durante varios días.  Cuando mi padre, deseoso de alcohol y de juego fue a recoger lo que le paga por mí Don José, me vio lo único que hizo fue regañarme y decirme que debía ser obediente. La ventana del cuarto en el que duermo en la azotea no tiene ventana y cuando llueve se mete el agua y paso frío. Casi siempre tengo hambre. Don José cuenta con mucho cuidado lo que hay en la tienda, por la mañana me da una tortilla y café; para comer, más tortillas y comida vieja de la que queda en su casa.   Para cenar me da pan duro o más tortillas.   El agua para tomar la tengo que sacar de un pozo que tiene el agua negrísima y con muy mal olor.

Querida tía, por lo que más quieras, ayúdame a salir de aquí, esta vida es horrible, he tratado de tomar un cuchillo y matarme, pero por más que acerco el cuchillo a mi panza tiene tan poco filo que no entra.

Te mando muchos abrazos y besos y te prometo, que si me llevas contigo te ayudaré en tu cocina y te apoyaré cuando te sientas enferma. 

*Profesora de la UNAM, México